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Calor de mayo… ¿como una ola?

Efectivamente, esta semana que empieza tendrá como protagonista el calor. Y mucho.

Todos los modelos meteorológicos lo avanzan, con unos índices de fiabilidad muy elevados. Incluso la AEMET ha emitido un aviso por temperaturas excepcionalmente altas. Desde hoy hasta el miércoles 13, las temperaturas se disparan, y ese será el día más caluroso de Mayo, casi con seguridad.

Llega el primer... ¿repunte? ¿episodio? ¿ola? de calor del año 2015...

Llega el primer… ¿repunte? ¿episodio? ¿ola? de calor del año 2015…

Todo esto nos hace retomar el debate anual ante los episodios de calor, aunque este año quizá un poco antes de lo habitual, pues el primer repunte cálido digno de mención suele ocurrir en Junio.

¿Estamos ante una ola de calor?

Bien, ya en otras ocasiones lo hemos comentado. No hay un criterio oficial ni una definición clara sobre lo que es, o no es, una ola de calor, pero sí que hay alguna aproximación bastante sensata. Entre las más adoptadas la que ofrece el climatólogo César Rodriguez Ballesteros y que el meteorólogo de la AEMET Angel Rivera nos ofrece en su más que recomendable blog “En el tiempo”.

“Es un episodio de, al menos tres días consecutivos en que, como mínimo, el diez por ciento de las estaciones consideradas registran máximas por encima del percentil del 95 por ciento de su serie de temperaturas máximas diarias de los meses de julio y agosto del periodo 1971-2000”

Quizá algo farragoso para los no iniciados en aspectos meteorológicos, aunque, en mi modesta opinión, comparar temperaturas de mayo con temperaturas de julio y agosto no es justo para tomar una decisión si estamos ante una ola de calor.

Máximas que a día de hoy da la AEMET para el martes 14 de mayo.

Máximas que a día de hoy da la AEMET para el martes 14 de mayo.

Hace ya unos años me decidí a aportar mi granito de arena, que ahora os vuelvo a compartir. ¿Qué es para mi una ola de calor? Estos son los cuatro criterios que, a mi juicio, deberían ser cumplidos:

1) Temperaturas alcanzadas.-

En primer lugar, las temperaturas registradas, tanto en máximas como en mínimas, deberían alcanzar y rebasar claramente las medias registradas en la zona para la fecha en cuestión. Es decir, depende de la zona y de la época del año, la temperatura será o no susceptible de ser considerada como extraordinaria. No hace falta que se batan registros de máximas y/o mínimas más altas, aunque si se baten, la ola de calor pudiera ser considerada como histórica.

2) Duración temporal.-

Su duración debería ser, al menos, de 4 ó 5 días. No vale que un solo día se alcancen unas temperaturas muy altas, sino que debe permanecer en el tiempo esta situación, superándose los umbrales definidos para ello. Una señora ola de calor debe sentirse durante varias jornadas, el calor latente se propagará día tras día y hará que sus efectos sean más notorios.

3) Extensión geográfica.-

La extensión geográfica también es un dato a tener en cuenta y que hace que una ola de calor adquiera de forma implacable sus características tan peculiares. Una ola de calor no es localizada, debería afectar al menos a varias provincias, y no a una ciudad o localidad aislada. No es lógico hablar de ola de calor en Burgos.

4) Consecuencias en la población.-

Por último, si nos encontramos con una ola de calor hecha y derecha, notaremos sus efectos, sus consecuencias. Desgraciadamente serán noticia los fallecimientos de los más vulnerables, personas mayores, niños y enfermos sobre todo. Un día de calor, como el de estos días, con 36º de máxima, puede morir algún descerebrado que sale a correr a las cuatro de la tarde, debido a un golpe de calor. Pero con una ola de calor, como la de 1994la de 1995, ó sobre todo la de 2003, la última padecida en Europa y España a mi juicio, mueren cientos o miles de personas.

Así pues, ahí tenéis. ¿Os animáis con vuestra definición? Debatamos, y tras el descenso brusco que se producirá entre jueves y viernes, saquemos conclusiones.

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La ciencia meteorológica: hombres versus máquinas

 

Amo la meteorología

Es una ciencia fascinante que, a pesar de tener problemas muy complicados de resolver, viene ofreciendo una clara evolución en la solución de los mismos en las últimas décadas. Todo lo que ocurre en nuestra atmósfera, y bajo ella, está en permanente cambio. Sólo tomando una foto estática podríamos parar el tiempo –nunca mejor dicho- y medir con exactitud lo que está pasando. Pero el tiempo de nuestros relojes no se detiene para el tiempo atmosférico. Está en permanente cambio, y eso hace que los pronósticos que se emiten tengan que ser reelaborados constantemente.

No fue hasta el siglo XVII cuando Galileo y Torricelli aportaron algo de luz a la meteorología, hasta entonces todo sombras y brujería. Una tormenta con rayos no era más que el castigo a un comportamiento erróneo. Una temporada lluviosa, la consiguiente crecida del Nilo y la abundante cosecha eran la recompensa por adorar al faraón de turno. Con el termómetro y el barómetro se produjo la primera revolución de esta ciencia meteorológica. Por fin se podría medir y se podrían efectuar los primeros pronósticos, muy vagos aún, eso sí.

Benjamin Franklin

Benjamin Franklin fue el primer kaza huracanes del que tenemos noticia…

En 1743, un tal Benjamin Franklin reunió informes de diferentes fuentes para realizar el seguimiento de un huracán a lo largo de la costa este norteamericana. En 1848 los informes sobre el tiempo viajaban por telégrafo y en 1871 el recién creado US Weather Bureau ya emitía tres informes meteorológicos diarios. Los primeros globos con sondas meteorológicas surcaron los cielos de EEUU hacia 1930, ofreciendo información acerca de parámetros meteorológicos no sólo de la superficie, sino de toda la columna atmosférica, clave para conocer mejor nuestra temperie.

Con todos estos datos, la llegada de ordenadores más potentes -capaces de procesar tan ingente información- y el lanzamiento hacia mediados del siglo XX de los primeros satélites, la meteorología experimentó una segunda revolución. Por fin las complicadas ecuaciones de la atmósfera, que años antes había apuntado el físico y meteorólogo noruego Wilhelm Vjerknes, podían ser resueltas en un tiempo razonable, y la fiabilidad de los pronósticos aumentó de forma exponencial.

Wilhelm Vjerknes

Wilhelm Vjerknes, autor de las primeras ecuaciones que definían el estado de la atmósfera. Un crack.

Entre 1977 y 1987 esa fiabilidad sobre los pronósticos de la presión atmosférica en superficie se dobló, y en 1991 una previsión a cinco días era tan fiable como una a tres días en 1981. Desde 1973 hasta 1996 la probabilidad de pronosticar una tormenta severa con éxito se incrementó desde un 30% a un 66%. Los radares Doppler incrementaron el tiempo de aviso ante un tornado de los 6 minutos de 1991 a los 13 de 2004. Y esto supone vidas salvadas.

Efectivamente, la tecnología ha supuesto un gran avance para la ciencia meteorológica. Superordenadores, satélites, internet, dispositivos móviles cada vez más potentes y conectados en todo el mundo, el mundo digital interconectado, el mundo de la ubicuidad. Esta es la nueva revolución, la información de ida y vuelta, interactiva, no sólo la que vomita la televisión o la radio. Es, a nuestro juicio, la tercera revolución de la meteorología.

Pero, ¿dónde deja todo esto a las personas, a los meteorólogos?

¿Qué papel juegan en un mundo hiper automatizado en donde la mayoría de la información meteorológica la generan máquinas? ¿Es una profesión a extinguir si el avance en los pronósticos sigue el ritmo al que nos tiene acostumbrado? ¿Quedará el hombre del tiempo relegado a un papel meramente intermediario para comunicar lo que las máquinas elaboran?

Son preguntas que surgen no sólo en esta ciencia, sino en muchos otros ámbitos de nuestra sociedad. La disrupción sobrevenida por el uso de la tecnología está suponiendo un cambio de paradigma en la mayoría de los sectores productivos y en los servicios. Estos cambios se enfrentan, en muchos casos, a procedimientos anticuados, lentas adaptaciones y un rechazo frontal del personal, que se ve amenazado por las, más que nuevas, ya actuales tecnologías. Y los meteorólogos no son menos.

Creo firmemente que hay sitio para todos. Que no es excluyente la ingente tarea automática de los superordenadores y la más afinada y concienzuda de los meteorólogos.

Que son absolutamente complementarias. Que la herramienta debe ser usada de forma correcta e inteligente por personal cualificado y que la figura del meteorólogo no desaparecerá nunca.

Los organismos encargados de velar por nuestra seguridad meteorológica y climatológica enfrentan un verdadero reto. Hacer compatible la labor del predictor y de las máquinas. En nuestro país es la AEMET (Agencia Estatal de Meteorología) la que se encarga de ello. ¿Cómo están afrontando ese reto?

En mi opinión, les ha costado bastante estar presentes en las redes sociales, y cuando lo han hecho, no han ofrecido la cercanía a la sociedad que proclaman sus estatutos. Llegaron tarde y de forma muy lenta. Es cierto que están ya en el camino que muchos les reclamábamos hace años, y que poco a poco han entendido que los nuevos canales interactivos son verdaderamente útiles y suponen ese acercamiento, ese posicionamiento más cercano a cada uno de nosotros y a nuestras empresas. Nunca es tarde para rectificar.

En cuanto a la dotación tecnológica la AEMET ha adquirido recientemente un nuevo superordenador para sustituir al actual CRAY. Se trata de un sistema de la empresa Bull que ha costado la friolera de 3,48 millones de euros y es setenta y cinco veces más potente que el anterior. La precisión, el alcance temporal y la fiabilidad van a verse mejorados sustancialmente, y las predicciones podrán ser presentadas de forma tanto determinista como probabilística (un día os explico esto con más detalle).

El BullX que ha adquirido la AEMET.

El BullX que ha adquirido la AEMET. Deseando verlo en acción…

Parece que en este sentido -el de la tecnología- el reto está en vías de ser cumplido con creces. Pero un ordenador, por muy superordenador que sea, necesita expertos que lo programen, lo afinen y sepan obtener resultados. Y parece que la AEMET lo ha entendido, con la reciente publicación en el BOE de una Oferta Pública de Empleo para 2015, la primera en 5 años, por cierto. Esperemos que esta apuesta sea suficiente para equilibrar el potencial de las máquinas y sacar provecho de la tecnología, confiemos en ello, aunque ya hay algunas voces que no lo ven así e incluso hablan de un paso atrás y un negro futuro para la meteorología pública.

Estaremos atentos.

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